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viernes, 9 de abril de 2010

Baños x 3


Escuchá el programa N° 45 de Sin Closet



En este programa Sin Closet te invita a re pensar los baños: baños como tecnologías de género, baños como espacios de encuentro, baños y las historias de amor.

No te lo pierdas!

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domingo, 25 de octubre de 2009

Baños: historias de amor

Escuchá el programa Nº 32 de Sin Closet



Ya hablamos de los baños, como tecnologías de género, los baños construyendo y vigilando modos de ser varones y mujeres, como únicos modos de existencia posible. Pero también entramos al baño para pensarlos como lugares de encuentro, lugares de sociabilidad. Los baños como el único espacio filosófico que va quedando, baños como muestra de un arte al margen, baños como el lugar de los deseos ocultos, lugar de cita para aquellos amores que todavía no pueden nombrarse... Baños: un lugar, al menos un lugar. La pregunta entonces era: ¿siguen siendo hoy los baños lugares para amarse?

Queremos compartir con vos dos historias de amor. Una transcurre en Buenos Aires, la otra en Santiago del Estero. Dos historias para ser contadas y escuchadas. Cualquiera puede ser la tuya.

La primera es la de Aldo y Claudio. La heterosexualidad establecida como único camino posible, como imposición de nacimiento, como mito, como relato sagrado, que marca nuestros cuerpos, atraviesa nuestra manera de percibir y explicarnos el mundo, condiciona nuestras elecciones y va imponiendo formas de ser y de existir contrarias a nuestra potencia de vida y a nuestros deseos. En su historia el baño fue sin dudas lugar de encuentro, de besos , de caricias y de promesas de amor...

Gachy y Jorgelina, son las protagonistas de otro de los amores que te vamos a contar en Sin Closet. Esta historia tuvo la fuerza de atravesar puertas, sucesivas puertas: puertas de baños, puertas de secretarías, puertas escolares. Puertas que parecen proteger, no exponernos, puertas internas.

La música y el feminismo de Beth Ditto



Beth Ditto, feminista declarada, lesbiana, que celebra su gordura y viene haciéndose oir dentro y fuera de las comunidades de sexualidades disidentes.

Contra la travestofobia de la prensa tucumana


+ Lee la nota que desde Feministas Inconvenientes enviamos al diario La Gaceta de Tucumán, denunciando el contenido travestofóbico, lesbofóbico y misógino de los artículos publicados durante y después del Encuentro Nacional de Mujeres, realizado en Tucumán.

domingo, 4 de octubre de 2009

Baños: lugares de encuentro

Escuchá el programa Nº 29 de Sin Closet



Hace algún tiempo, más precisamente en julio, comentábamos con vos en nuestro programa número 18 cómo la realidad está construida de modo tal que hay tecnologías de género, de sexo, de deseo, que están operando para que seamos varones y mujeres obedientes a las normas, para que deseemos, para que amemos como se supone que debemos desear y amar, una masculinidad y una feminidad ÚNICAS como dos polos, dos caras de una única moneda posible. Blanco o negro. Ningún gris, ningún matiz, ninguna riqueza, ningún color perturbando la “normalidad”. Una arquitectura que no es sólo discurso, sino que se corporiza en construcciones concretas, materiales, sólidas. Construcciones que de tanto verlas ya ni siquiera miramos.

En ese programa hablábamos de los baños; los baños construyendo y vigilando modos de ser varones y mujeres. Y queremos invitarte hoy otra vez a entrar al baño, pero ésta vez no para pensar cómo entramos en ellos para rehacer nuestro género más que para deshacernos de la orina y de la mierda, como nos decía entonces Beatriz Preciado. No para explorarlos como espacios de producción de masculinidad y feminidad, sino porque también es posible apropiarse de ellos y darles un nuevo sentido. Podemos repensar el baño, y verlo a lo largo de la historia como lugar de encuentro, de resistencias, de posibilidades. Lugares de placer, desde donde se configuran otras cartografías del deseo. Podemos pensarlos como lugares de escritura, porque allí están las paredes, las puertas llenas de inscripciones, citas, teléfonos… Como dice Osvaldo Bazán en su libro: podías encontrar la guía telefónica escrita en el muro, la exposición de dibujos más original, los avisos más útiles, en fin, las muestras de talentos condenados a pasar indiferentes…

Los baños tienen su historia y además de constituirse en lugares de placeres diversos, también fueron paredes de denuncia y de escritura rebelde, y se escribía allí protestas de todo tipo y color, y fueron censurados, y se limpiaban una y otra vez las paredes hasta que la solución fue azulejarlos para intentar darle un fin definitivo a tanta escritura. Estamos hablando de 1950, y allí están los testimonios de quienes entraban a los baños y leían en aquella época, debajo de “viva Perón”, algún pedido desesperado de encuentro, un teléfono urgente, una cita frustrada…

Al igual que en gran parte del mundo, es tradicional que en los baños – comunmente llamados “teteras” por los entendidos - se gesten los encuentros más fortuitos y por qué no apasionados entre hombres que buscan hombres. El origen de la palabra “tetera” tiene también su historia: según relata el escritor Juan José Sebreli, esta denominación tiene que ver con que en inglés al baño se lo llama “toilet room”, expresión que muchas veces se acorta a “t-room”, una abreviatura que suena igual que la expresión “tea room” - salón de té.

Los encuentros gestados en los baños, en las “teteras” pudieron ser también expresión de rebeldía y resistencia. En el libro “Fiestas, baños y exilios. Los gays porteños y la última dictadura”, Alejandro Modarelli y Flavio Rapisardi relatan qué pasaba en los baños precisamente en la época más terrible después del golpe del 76. Allí está “la Richard”, con su testimonio, diciendo: “Hasta el mundial de fútbol del 78, antes de que se practicara una purga antihomosexual para dejar limpia la ciudad de ´elementos indeseables´, había varios lugares donde bailar. Pero en la dictadura, cuando todavía no se habían privatizado los ferrocarriles y el SIDA no existía, el verdadero auge era el de las teteras”. Algunos cines habían prosperado en épocas anteriores, pero la persistente represión del comisario Margaride, durante el gobierno de facto, los fue debilitando hasta que casi desaparecieron. En tiempos de Juntas Militares, dicen Modarelli y Rapisardi, sólo quedaban dos salas para la vibración entre varones. Y quién mejor entonces que Alejandro Modarelli para compartir con nosotras esta investigación que te nombrabamos recién, Fiestas Baños y Exilios.

Había en los baños una serie de códigos que decían mucho más de lo que habitualmente se les hace decir. Esta reapropiacion de los baños como lugares de encuentro en medio de la dictadura recibió crçiticas, porque pareciera que en tiempos de represión no era posible pensar en encontrarse, en desearse, en sentir y resistir a través del placer.

Baños como lugares de encuentro, baños como el único espacio filosófico que va quedando, baños como muestra de un arte al margen, baños como el lugar de los deseos ocultos, lugar de cita para aquellos amores que todavía no pueden nombrarse, baños un lugar, al menos un lugar. La pregunta sería ¿siguen siendo hoy los baños lugares para amarse?

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sábado, 18 de julio de 2009

Baños: tecnologías de género

Hoy, como siempre, tampoco sabemos dónde estás, pero te invitamos a que nos acompañes y te vengas con nosotras, al baño. O que vayas sola o solo, o con la compañía que elijas, o lo hagas con tu imaginación. Pero nuestra invitación de hoy es esa: entremos al baño.

Pensar en los baños es pensar en territorios, territorios ya cargados de una subjetividad heterosexista, baños que nos indican con toda precisión a cuál acudir en caso de identificarse con uno de los dos dibujos posibles que sus puertas exhiben: aquí si sos hombre, aquí si sos mujer. Y se acabó. .. Pero podríamos imaginar una cantidad de puertas dibujadas con una cantidad de formas sin formas definidas, para que entren todes, todas, todos, los de las imágenes y los que con su cuerpo interpelan esas imágenes…

Porque no sólo fue y es el armario el sitio donde se esconde la disidencia, el lugar donde una, uno encuentra la ropa justa para salir y mostrarse tal cual la sociedad espera que te muestres. Como escribe la filósofa trans española Beatriz Preciado, en un texto titulado “Basura y género. Mear/Cagar. Masculino/Femenino”, más acá de las fronteras nacionales, miles de fronteras de género, difusas y tentaculares, segmentan cada metro cuadrado del espacio que nos rodea. Allí donde la arquitectura parece simplemente ponerse al servicio de las necesidades naturales más básicas (dormir, comer, cagar, mear..) sus puertas y ventanas, sus muros y aberturas, regulando el acceso y la mirada, operan silenciosamente como la más discreta y efectiva de las "tecnologías de género." , ese conjunto de instituciones y técnicas, desde el cine hasta el derecho pasando por los baños públicos, que producen la verdad de la masculinidad y la feminidad.

¿Cómo se constituyeron históricamente estos espacios en los que no vamos a evacuar sino a hacer nuestras necesidades de género? ¿Donde no vamos a mear sino a reafirmar los códigos de la masculinidad y la feminidad? Los baños públicos, son instituciones burguesas que se generalizaron en las ciudades europeas a partir del siglo XIX. Fueron pensados primero como espacios de gestión de la basura corporal, y se convirtieron progresivamente en cabinas de vigilancia del género. No es casual que la nueva disciplina fecal impuesta por la naciente burguesía sea contemporánea del establecimiento de códigos conyugales y domésticos que exigen la redefinición espacial de los géneros y que serán cómplices de la normalización de la heterosexualidad y la patologización de la homosexualidad.

En el siglo XX, los retretes se vuelven auténticas células públicas de inspección, en las que se evalúa la adecuación de cada cuerpo con los códigos vigentes de la masculinidad y la feminidad.
En la puerta de cada retrete, como único signo, una interpelación de género: masculino o femenino, damas o caballeros, bigote o florecilla, como si hubiera que entrar al baño a rehacerse el género más que a deshacerse de la orina y de la mierda. No se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, si tenemos o no diarrea, nadie se interesa ni por el color ni por la talla de la mierda. Lo único que importa es el GÉNERO.

Pensemos en cualquier baño público, desde los de tu escuela o tu facultad, un boliche, la terminal, hasta el más lejano aeropuerto internacional, sumidero de desechos orgánicos internacionales en medio de un circuito de flujos de globalización del capital. Entremos en los baños de mujeres.

Una ley no escrita autoriza a las que ya están en el baño, compartiendo espejos y lavamanos, a inspeccionar el género de cada nuevo cuerpo que decide cruzar el umbral. El control público de la feminidad heterosexual se ejerce primero mediante la mirada, y sólo en caso de duda mediante la palabra. Cualquier ambigüedad (pelo excesivamente corto, falta de maquillaje, una pelusilla que sombrea en forma de bigote, o un paso demasiado afirmativo…) exigirá un interrogatorio para justificar la elección de retrete: "Eh, usted. Se ha equivocado de baño, los de caballeros están a la derecha." Así, en base a un cúmulo de signos que indican el género del otro baño, se exigirá irremediablemente el abandono del espacio, so pena de sanción verbal o física.

Si, superando este examen, logramos acceder a una de las cabinas, nos encontraremos entonces en una habitación de 1 x 1,50 m2 que intenta reproducir en miniatura la privacidad de un baño doméstico.

Cada cuerpo encerrado en una cápsula evacuatoria de paredes opacas que lo protegen de mostrarse desnuda, de exponer a la vista pública la forma y el color de sus deyecciones, comparte sin embargo el sonido de los chorros de lluvia dorada y el olor de las mierdas que se deslizan en los sanitarios contiguos. Libre. Ocupado. Una vez cerrada la puerta, un inodoro blanco de entre 40 y 50 centímetros de alto, taburete de cerámica que conecta nuestro cuerpo defecante a una invisible cloaca universal (en la que se mezclan los desechos de señoras y caballeros), nos invita a sentarnos tanto para cagar como para mear.

El váter femenino reúne así dos funciones diferenciadas bajo una misma postura y un mismo gesto: femenino=sentado. Al salir de la cabina reservada a la excreción, el espejo, reverberación del ojo público, invita al retoque de la imagen femenina bajo la mirada reguladora de otras mujeres.

Crucemos el pasillo y vayamos ahora al baño de caballeros. Clavados a la pared, a una altura de entre 80 y 90 centímetros del suelo, uno o varios urinarios se agrupan en un espacio accesible a la mirada pública. Dentro de este espacio, una pieza cerrada, separada categóricamente de la mirada pública por una puerta con cerrojo, da acceso a un inodoro semejante al de los baños de señoras.

Desde principios del siglo XX, la única ley arquitectónica común a toda construcción de baños de caballeros es esta separación de funciones: mear-de pie/cagar-sentado. Dicho de otro modo, la producción eficaz de la masculinidad heterosexual depende de la separación imperativa de genitalidad y analidad. La arquitectura funciona como una verdadera prótesis de género que produce y fija las diferencias entre las funciones biológicas atribuidas a hombres y mujeres. El urinario, como una protuberancia arquitectónica que crece desde la pared y se ajusta al cuerpo, es una prótesis de la masculinidad que facilita la postura vertical para mear. Mear de pie públicamente es una de las performances constitutivas de la masculinidad heterosexual moderna. De este modo, el discreto urinario no es tanto un instrumento de higiene como una tecnología de género que participa de la producción de la masculinidad en el espacio público. Por ello, los urinarios no están enclaustrados en cabinas opacas, sino en espacios abiertos a la mirada colectiva, puesto que mear-de-pie-entre-varones es una actividad cultural que genera vínculos de sociabilidad compartidos por todos aquellos, que al hacerlo públicamente, son reconocidos como hombres.

Dos lógicas opuestas dominan los baños de señoras y caballeros. Escapar al régimen de género de los baños públicos es desafiar la segregación sexual que la moderna arquitectura urinaria nos impone desde hace al menos dos siglos,: público/privado, visible/invisible, hombre/mujer, pene/vagina, de-pie/sentado, ocupado/libre…

Una arquitectura que fabrica los géneros mientras, con el pretexto de la higiene pública, dice ocuparse simplemente de la gestión de nuestras basuras orgánicas. Infalible economía productiva que transforma la basura en género. No nos engañemos: en la máquina capital-heterosexual no se desperdicia nada. Al contrario, cada momento de expulsión de un desecho orgánico sirve como ocasión para reproducir el género. Las inofensivas máquinas que comen nuestra mierda son en realidad normativas prótesis de género.

No vamos a los baños a evacuar sino a hacer nuestras necesidades de género. No vamos a mear sino a reafirmar los códigos de la masculinidad y la feminidad en el espacio público.

Escuchá el programa Nº 18 de Sin-Closet



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